De nuestro corresponsal: El laberinto de la ‘perestroika’ (1987)

20 01 2009

Con esta crónica, la primera de Rafael Poch de Feliu como corresponsal de ‘La Vanguardia’ en el Moscú soviético de 1987, iniciamos una recuperación de artículos históricos sobre Europa del Este aparecidos en la prensa española.

A tres años vista del ll de marzode 1985, todo el mundo conoce el significado concreto del término “glasnost” porque ha presentado resultados. Lo emprendido en el capítulo de la “transformación” (“perestroika”) y “aceleración” (“uskorénie”) de la economía continúa, sin embargo, más bien en estado de proyecto. Una selva de decretos, medidas y disposiciones a veces contradictorios, que muestran que lo realizado hasta hoy ha sido bien poco y todavía se halla lejos de consolidarse.

Con Breznev, las prioridades de la política soviética tenían que ver con un crecimiento extensivo; producir más y ampliar la infraestructura industrial. Con Gorbachev, se está buscando un desarrollo intensivo en el que la modernización de lo existente tiene prioridad sobre su incremento y, donde es más importante producir mejor, de una forma más racional y menos despilfarradora de energía, que producir más.

En el plano social, algo remejante a lo que en Occidente se conoce por “política de austeridad” intenta tomar el relevo a la desastrosa “estabilidad” —más bien un inmovilismo causante de estancamiento económico— de la etapa Breznev. Se ha asistido a una nueva campaña en los medios de comunicación que recuerda por su voluntarismo, al estajanovismo, con la diferencia de que la proeza que se solicita es la calidad.

En una sociedad que ya no es la de Stalin ni la de Kruschev, todo apunta a que la retórica productivista y las consignas ideológicas deberán compensar una política de apretarase el cinturón. La verdadera proeza, sin embargo, deben realizarla los dirigentes, cómo motivar a los trabajadores para que trabajen más y mejor ganando lo mismo.

Sociedad desigual

Que el mito del igualitarismo Soviético continúe teniendo credibilidad en Occidente no quiere decir que la de la URSS sea una sociedad nivelada. La sociedad soviética es enormemente desigual. En octubre de 1986 ,el órganode la Unión de Escritores, “Literatumnaya gazeta”, informó de la existencia de 19 “millonarios” en una región de la República rusa, añadiendo que “nadie puede contar el número de personas que poseen centenares de miles de rublos”.  Un millón de rublos equivale al salario de mil años de una enfermera, una secretaria o un maestro soviético por citar profesiones habitualmente mal retribuidas.

Eso, en un sistema en el que no existe la bolsa ni la posibilidad de heredar riquezas, y donde no se puede ser propietario de industrias ni medios de producción. En su declaración de principios, el sistema soviético contiene en primerísimo lugar la promesa y el ideal de igualdad, de seguridad económica y de solidaridad. Sin apartarse de este cuadro ideológico, que convierte a las desigualdades sociales en algo doblemente irritante para los ciudadanos soviéticos, ahora se debe justificar en nombre de la modernización la diferencia de salarios según la productividad y aceptar la distribución según criterios de mercado. Para ello, Gorbachev ha rehabilitado a la Nueva Politica Económica, puesta en marcha por Lenin en 1921 tras las presiones sociales que respondieron a la ola de destrucción que había supuesto el “comunismo de guerra”.

El caso húngaro demuestra que la otra cara de la dinamización económica es la inflación y la agudización de las diferencias sociales ya existentes en el socialismo real. Que ese fenómeno no haya ocasionado conflictos relevantes en Hungría no permite subestimar la posibilidad de futuras explosiones sociales en la URSS a cargo de los sectores que puedan salir perjudicados por la modernización, caso de que ésta se desarrolle en una medida comparable a la húngara.

Desde que en el país hay más campo para la crítica, los medios de comunicación publican de vez en cuando cartas pidiendo la confíscación de los bienes de estos ricos, por considerar que su riqueza es resultado de actividades ilegales. Ante este problema, la famosa resolución del Gobierno soviético de mayo de 1986 sobre el incremento del control hacia “los ingresos no merecidos” sólo supo proponer la receta de “un mayor control estatal del consumo”, es decir, algo contradictorio con los mecanismos de mercado pregonados por la reforma.

La dirección soviética parece estar sometida a un sinfín de alternativas irreconciliables como ésta. Por un lado, hay una clara intención dinamizadora, por otro prejuicios y miedo de desviarse de la concepción rusa de socialismo, tradicionalmente enemiga del mercado y la actividad económica privada, por minúscula que ésta sea. El resultado ha sido quedarse a medio camino. La ley sobre actividades económicas individuales que entró en vigor en mayo de 1987 fue todo un ejemplo de esta indecisión.

Sólo podían participar en el sector privado aquellos que estuvieran empleados a jornada completa en el sector estatal y únicamente al término de aquélla. La lista de actividades permitidas era muy restrictiva, se prohibió la contratación de asalariados y se gravaba con impuestos a los que, a pesar de todo, decidieran acogerse a ella. Para impedir que la ley se convirtiera en papel mojado, meses después tuvo que ser reformada, permitiéndose la participación de quienes no estuvieran en el sector estatal y ampliando el número de actividades previstas.

Una reforma que en la URSS afirma proponerse revisar la planificación, la política de precios y salarios, la organización de las empresas, los procedimientos de producción, etcétera, supone algo comparable a poner en cuestión en Occidente los fundamentos de la economía de mercado.

Rafael Poch de Feliu
11.03.1987, La Vanguardia

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